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español  La "navaja de Ockham":

Eugnenio Álvarez Soto: emaileugnostos@terra.es, 07.12.2001, 22:30
Original: español  Duns Escoto, genio en el tiempo, para un tiempo: (Paulino María Iñigo), 03.12.2001, 18:34




Hoy, en un artículo que habla sobre guerras y con ello de pluriculturalidad titulado “la guerra de las épocas”, en el diario El País del 7/12/2001, José Luis Pinillos nos escribe:

“(...) la realidad es que en todo este asunto hay un elemento en juego, el lenguaje, que es menester tener presente.  Aunque el lenguaje sea un fenómeno eminentemente social, hay momentos en los que plantea problemas ajenos a la sociología. Y tales son, dicen los filósofos, todos aquellos que se refieren a la estructura lingüística que Wilhem von Humbolt llamó “forma interior del pensamiento”, una forma mental intencional, condicionada histórica e individualmente. (...) el lenguaje deja de ser un fenómeno puramente social en el sentido weberiano (Gesellschaff) y pasa a formar parte de las creencias, en el sentido de Tonnies (Gemeinde). Sus raíces se hunden en el seno del lenguaje materno y ofrecen una seria resistencia al cambio. Por el contrario, lo que los alemanes llaman Sachsprache (lenguaje de las cosas, lenguaje objetivo), o alternativamente Fachsprache (lenguaje técnico, profesional), funciona como una especie de lengua franca del mundo global –actualmente de inglés- que sirve para adaptarse superficialmente a él (...)” [pueden consultar el artículo completo en http://www.elpais.es/articulo.html?anchor=elpepiopi&xref=20011207elpepiopi_7&type=Tes&date=  ]

Sí, estoy de acuerdo con esta idea de que existe una “forma interior del pensamiento” fácilmente aprehensible, palpable, si intentamos, si ansiamos con persistencia asir el lenguaje mismo.

Éste, el lenguaje, se nos presentará ante sus dos cotas, inferior y superior, cuando de aprehender su relación con el discurso del pensamiento se trate. Del mismo modo que las cotas de la supuesta realidad “interior o exterior”, o de la allendidad misma, se nos enfrentarán nítidamente, cuando en nuestra investigación interiorizadora de aprehender la identidad, la esencia de la mismidad, se trate.

Y es menester que la filosofía lo realice, este exhaustivo sondeo, pues al ser para muchos el concepto, al igual que las supuestas leyes de la ciencia, una mera resultante del lenguaje (por ello también la metafísica misma) y no a la inversa; será esta, la filosofía, la ciencia custodia y pionera de los derroteros evolutivos del concepto, esto es, en tal caso, del lenguaje.

Y no cabe duda de que, una vez planteado esto con total seriedad, ya  profesemos mayormente la posición de un Poper, o por el contrario la más radical y opuesta de Carnap y sus pseudoenunciados; habríamos llegado a aquel punto en el cual, ya el problema, el planteamiento filosófico, nos revela, nos demuestra su existencia, ya no.

Pero este lugar, de existir, por contrapartida, se nos presentaría a) inasible al lenguaje por ser asiento donde este se origina; b) asible a través de una vuelta retroactiva que el mismo lenguaje ejerciera  hacia los parajes del pensamiento, o incluso antes, de la percepción, o de la imaginación, o de la representación, desde los cuales el ordenamiento semántico a través de lo sintáctico y léxico tuvo lugar.

Nuestro lenguaje no fisicalista dice. Y dice cargado de significación, y de contenido ampliamente conceptual.  Pues la pretensión fisicalista extrema ha fracasado; la comunicación humana produce, crea y destruye en la amplitud de aquellos contenidos suyos supuestamente vacuos.  Incluso, para bien o para mal, el “sinsentido”, al igual que la barbarie, es un sentido eficiente.  Ni hemos demostrado que lo meramente mental con orden lógico, no sea, por ello mismo, parte de la realidad.

Soy del parecer de que el lenguaje, lejos de ser isomófico o simétrico con respecto a un hábitat de los conceptos, estables y nítidamente perfilados, es válido no en su plano de relación con el concepto, sino sobremanera en su espacialidad, e hiper-espacialidad, enteramente vertical. En aquellas vueltas que realiza sobre sí, por ejemplo a través de los tropos. El lenguaje, nos guste o no, es tropológico.

Es preciso para la comunicación, no sólo una lengua común en un territorio plano lingüistico o dentro de  una demarcación territorial geográfica de los estados, si no un espacio de multidimensionalidad amplio y abierto, potencial o actualmente común a dos entes parlantes. De no ser así, nos enfrentamos a una clara alienación de las posibilidades de la comunicación. Con ello del pensamiento.

Esta posibilidad espacial del lenguaje, no es semántica (Tarski), sino que podría abordarse desde un flanco analítico-sintáctico, no exclusivista. Si bien pareciera que se manifiesta en contra de las ideas lingüísticas del Círculo de Viena, me parece a mí que le da salida honorable allí donde el fracaso (creación de un lenguaje estrictamente lógico de enunciados protocolarios) parecía claro.

La aplicación práctica de lo aquí explicado es cómo yo iniciaría una explicación acerca de los alcances y el sentido , real, de la retórica.

Pues si no, únicamente me, nos, restaría expresar los contenidos a través de las formas de las ciencias técnicas, estructurales como la del Tratatus, o de las apodícticas del tao-te-king. Y ni en esto último, ni en lo anteriormente dicho Wittgenstein pareció estar de acuerdo consigo mismo, ni sabemos si al final nos satisface y aclara más el estilo generoso de Chuang-tse o el de Lao-Tse. Yo me quedo con el primero.

Sí, de nada nos vale la pluriculturalidad si en ello se disipa y restringe nuestras posibilidades de movilidad dentro del pluriespacio lingüístico (que no es meramente la poliglosia). Y esa garantía, además de aquel retorno a un sondeo de lo original, básico y profundo ya mencionado, sólo la ampara el uso y cultivo de la retórica.

Pero me temo que usted pudiera haber querido significar por “florituras” otra retórica bien distinta; a saber, lo artificioso y aquella entre innecesaria y complicada sofistería de palabras, unas veces superfluas, otras rimbombantes. No lo sabemos, no nos lo aclara usted, pues sus palabras no han sido retóricas, con florituras o sin ellas, en ninguno de los sentidos mencionados. En la misma medida, que con bastante exactitud, su respuesta a mi texto, tampoco resulta  florido ni generoso.

Sí, me recordó la “navaja de Ockham”, aunque con otra aplicación económica bien diferente. Yo lo suelo llamar, también, el atajo fácil.

El texto al que usted responde:

- Expresa ideas específicas que a su vez responden al previo, al cual pretenden comentar.

- No son ni pretenden ser ideas inmediatas, sino mediatas; luego entrañan un esfuerzo reflexivo que nadie le podrá ahorrar, salvo puliendo el contenido. Si le retiramos a usted los árboles, el bosque desaparece y queda el llano. Ese es otro paisaje diferente.

- No sólo expresa, o pretende expresar, si no que transporta, o pretende transportar, mediante una retórica intencionada y muy personal, al su terreno ideal junto con una sensación tangible de lo pensable, de aquello que se merodea, y que considero no podría ser tratado fácilmente con tal fin de  otra manera. Salvo que asumamos la premisa de la frase corta, etc. Esa no es ni mi intención ni mi caso.

De cualquier modo, considero que hubiera sido más satisfactorio que, después de haberse tomado la molestia de leer con reflexión y detenimiento, me hubiera explicado más concisamente lo que estaba mal expresado o aquello a cuya aparente dificultad usted no hubiera accedido, la dificultad concreta del asunto, me refiero; pues sin duda yo se lo habría de aclarar en cuanto me fuera posible.

En tales condiciones amable señor, considero preferible que, al igual que  yo, no lo sienta: no me conteste.

Un saludo. Este, sí, elaborado y muy atento.