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españolFilosofía e Inteligencia artificial

kahos, 11.02.2004, 19:22
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   Perdonad que me autoplagie, pero voy a incluir un par de textos que tuve que elaborar para la asignatura "Filosofía e Inteligencia artificial", porque me parecen de suficiente interés como para iniciar un atractivo debate. Para no sobrecargar, incluiré ahora uno y más tarde el otro. Disculpad también, por último, la tal vez excesiva extensión del texto para un lugar como éste. Se trata de un comentario a Hubert Dreyfus y Stuart Dreyfus: Fabricar una mente versus modelar el cerebro: la inteligencia artificial se divide de nuevo. Recogido en Stephen Graubard (comp.): El nuevo debate sobre la inteligencia artificial.

Considero este texto un acertado análisis del devenir histórico de la investigación en IA; únicamente le faltaría haber entrado, en el tratamiento de algunas cuestiones, en una mayor profundidad filosófica para alcanzar una admirable completud. Es claro, no obstante, que no era ése el propósito de los autores (y aún menos dado que se trata de un texto destinado a una compilación), y que tal intención desbordaría el marco del breve ensayo que es y le obligaría a convertirse en un extenso estudio sobre el tema.
Me gustaría, por tanto, ampliar –a nivel reflexivo personal, y de una forma breve– los últimos apuntes de los autores, que considero de suma importancia para la cuestión de la Inteligencia artificial.
Si por ‘inteligencia’ entendemos, en sentido general, el modo humano de actuar en el mundo (me refiero tanto en el mundo físico como en el cultural, sin entrar ahora –por no ser el tema– a tratar las diferencias culturales: entendamos ‘mundo cultural’ como el mundo resultado de cualquier colectividad de seres humanos que se comunican entre ellos), parece que estaríamos definiendo su concepto de acuerdo con la filosofía propuesta por Heidegger y por el 2º Wittgenstein  (sigo a los autores del texto, que tratan a ambos filósofos como equivalentes para con las cuestiones relacionadas con la investigación en IA). Y dada esa definición de ‘inteligencia’, nos veríamos obligados a caracterizar como ‘inteligente’ a cualquier ser que siguiera esa forma de actuación humana. De hecho, de los animales llamados “inteligentes” (como puedan ser los chimpancés o los delfines) decimos que lo son porque su forma de comportarse en el mundo nos recuerda levemente a la nuestra. Así, imaginemos que se construye un súper robot que dejado en el mundo en el que los humanos nos movemos y vivimos, se comportara de una forma similar a la nuestra, que respondiera de un modo típicamente humano a todo tipo de situaciones con las que se enfrentara en su existencia cotidiana. De tal robot, y de acuerdo con el concepto de inteligencia que he propuesto, no nos quedaría otro remedio que afirmar que sería efectivamente inteligente.
Pero aquí ya ha surgido una condición de posibilidad de ese robot (que en seguida se habrá de ver ampliada más y más): su aspecto externo (en realidad toda su conducta externa, desde el habla hasta la rapidez y fluidez de sus movimientos corporales) debería ser sustancialmente similar al de los seres humanos si queremos que de hecho se comporte como un ser humano y se enfrente al mundo como un ser humano. Pues si este robot fuera, digamos, una caja con ruedas, difícilmente se podría comportar en el mundo como un ser humano, ya antes que nada por las mismas imposibilidades físicas a las que su forma le condenaría en comparación con la versatilidad del cuerpo humano, así como debido al hecho de que el trato que los seres humanos depararían a ese robot no sería el mismo que el que reservan para los seres que suponen inteligentes, y ese interreconocimiento es indispensable para que un ser se comporte y se reconozca a sí mismo como inteligente. Pero aún más si pensamos en otras cuestiones más “filosóficas”.
Y es que un ser humano construye  su conducta y su identidad en el mundo en relación a una innumerable serie de fenómenos que percibe como estímulos, desde la cantidad de luz presente en el lugar en el que se encuentre hasta el trato que le procuran las demás personas, pasando por las necesidades fisiológicas que en ese momento le apremien, por las pulsiones subconscientes que reprimiera en su infancia o por el peso de cualquier prejuicio que la convención y la tradición han asentado en su modo de razonar. El completo catálogo de tales sucesos, que podemos entender como profunda y profusamente imbricados unos con otros en constante movimiento y cambio, constituyen, en un sentido muy básico y profundo, el mundo en el que el ser humano acontece como ser humano vivo e inteligente, y forman parte y conjunto indistinguible de lo que es ser persona en el mundo.
Ello implica que en el súper robot debería darse efectivamente tal suceder de fenómenos si queremos que su conducta sea realmente caracterizable como humana, y como tal, inteligente. El súper robot debería ser en el mundo como lo es el ser humano. Igual que sujeto humano y mundo son dos caras de la misma moneda y que uno no puede entenderse sin el otro y viceversa, súper robot y mundo deberían asimismo ser condición uno de otro y viceversa. Un súper robot tal sería el único del que podríamos afirmar con absoluta seguridad que es inteligente. Pues si este robot mostrara un modo de comportamiento en el mundo que le valiera su propia supervivencia tal como el nuestro nos sirve a nosotros, pero su actuación no pudiera ser tipificada como humana, no podríamos decir de él que fuera un robot inteligente. La inmensa mayoría (las excepciones son aquéllas especies que chocan con los intereses de los seres humanos) del resto de especies animales y vegetales presentes en el planeta poseen un modo de actuación en el mundo que, en circunstancias normales y a medio plazo, les garantizan su supervivencia como individuos y como especie; pero de ningún modo decimos que sean inteligentes en el sentido en el que sí que decimos que los seres humanos somos inteligentes. Y de la misma forma, si de improviso una forma de vida extraterrestre apareciera en la Tierra y, demostrando una “inteligencia” sobrehumana, subyugara a los seres humanos y se hiciera con el control de nuestro planeta, tampoco podríamos aplicarles el concepto de seres inteligentes que sí nos aplicamos a nosotros mismos (la verdad de esta afirmación no es tan intuitiva como la de las especies animales y vegetales, pero es igualmente coherente con el conjunto de la argumentación), ya que su inteligencia como forma de estar en el mundo sería sustancialmente diferente a la nuestra. Y de aquí se concluye que si el súper robot poseyera un modo de actuación en el mundo que le reportara éxito en forma de la propia supervivencia, pero que esta forma de comportamiento no fuera tipificable como humana, no podríamos decir de él que es inteligente sin caer en cierta incoherencia conceptual.
Así pues, imaginemos (no hay que olvidar que aún no encontramos en el volátil y maravilloso mundo de la imaginación) que construyéramos un súper robot de aspecto humano cuyo ser en el mundo fuera sustancialmente similar al de los seres humanos y cuya manera de actuar y comportarse fuera efectivamente semejante a la de los seres humanos. De este robot habríamos de afirmar que sería inteligente, y, es más, que la suya sería una forma de inteligencia artificial (por contraposición con nuestra inteligencia, que sería natural) ya que habría sido creado de forma artificial por los seres humanos. Este súper robot sería positivamente indistinguible, en todo su aspecto y conducta externas, de un ser humano.
¿Pero y en cuanto a su aspecto y su conducta interna?, esto es –recordemos que aún estamos en el mundo de la imaginación–, si su estructura y funcionamiento internos deberían ser sustancialmente similares a los de los humanos como condición de posibilidad de un modo de ser inteligente por parte de ese robot. Me atrevo a afirmar que no, que en este plano teórico e imaginativo es perfectamente concebible que su aspecto y modo de funcionar internos fuesen del todo diferente a los nuestros, y aún así, y siempre que su aspecto y conducta general externa fuesen equiparables a las humanas, le sería reconocida la condición de ser inteligente.

Pasemos ahora al mundo práctico real. ¿Podemos construir un robot capaz de ser en el mundo como lo somos los humanos?. La respuesta es inmediata: hoy no. Pero, ¿y mañana?; estrictamente, esta cuestión se ha de entender como empírica, es decir, seríamos incapaces de construir un robot de esas características hasta que sí lo construyamos. No obstante, sin ser tan estrictos pero sin riesgo a andar muy desencaminados, podemos aventurarnos a realizar afirmaciones futuras desde nuestro conocimiento actual.
En primer lugar, ¿es el computador en tanto que manipulador de símbolos un artefacto que albergue un potencial tal que nos permita algún día construir un robot verdaderamente inteligente?. Una cierta intuición (en la que se basa la filosofía tradicional y la IA clásica, y que es la intuición de que, en un sentido básico, nosotros no somos sino manipuladores de símbolos) nos dice que sí, que un computador, tal y como hoy los entendemos, pero extraordinariamente más potente (que se aproximara a una máquina universal de Turing), y que realizara el papel de nuestro sistema nervioso central correctamente insertado en un “cuerpo” artificial (¿artificial?, ¿por qué no natural...?), permitiría la construcción de una máquina inteligente. Pero esa intuición nos ha llevado de nuevo al mundo teórico, porque, ¿es en la práctica posible la construcción de un cuerpo que, unido a un computador, permita un ser en el mundo como es el ser del hombre?. Eso parece difícilmente practicable, aunque aún nos queda la posibilidad que apunté en el paréntesis, el “construir” un cuerpo natural, mediante clonación, por ejemplo, al que insertar un computador que haga las veces de sistema nervioso. Pero esta posibilidad se nos aparece poco económica, en el sentido de que si somos capaces de construir un cuerpo de un ser humano, implícitamente hemos de ser capaces de construirlo ya con un sistema nervioso completo natural que, además, garantizará un comportamiento humano (así ocurriría en el caso de la clonación). Por lo que habría que concluir que, aunque estrictamente tal imposibilidad pueda ser negada en el futuro con la efectiva construcción de un robot que cumpla tales condiciones, parece imposible, desde el nivel actual de la reflexión, construir, basándonos en los computadores tal y como hoy los conocemos, un robot efectivamente inteligente .
Un argumento y una conclusión similares podrían aducirse en relación con la simulación de redes neuronales, por lo que –dada ya la extensión actual de mi ensayo– no repetiré la argumentación. Aunque sí indicaré que, a la hora de reproducir en un cuerpo el ser en el mundo del ser humano, la simulación de redes neuronales parece a priori prestarse con más sentido que los computadores, dada su similitud física con las verdaderas redes cerebrales. No obstante, se ha de recordar que la compleja conectividad, que tiene lugar en diferentes gradaciones, que se da en el cerebro queda aún extraordinariamente lejana de la conseguida mediante la SRN, así como que en la actividad neuronal tienen un papel muy importante los neurotransmisores químicos, que la SRN para nada contempla, hecho que por sí mismo podría imposibilitar la creación de IA a través de la SRN tal y como hoy la entendemos.
Concluir, en fin, que la posibilidad real de conseguir IA, por cualquiera de los dos métodos comentados –una discusión nueva sería necesaria si apareciese una nueva y revolucionaria estrategia para abordar la IA– me parece, si no imposible debido a la necesidad de confirmación empírica, extremadamente lejana dada la complejidad del conocimiento de nuestro propio ser como seres inteligentes, conocimiento que tal vez ni siquiera nos sea posible, dado que lo abordamos desde sí mismo, es decir, desde nuestro ser sujetos de conocimiento pretendemos aprehender –y lo que es más, reproducir de forma artificial– lo que es que seamos sujetos de conocimiento. Pero tal empresa quizá esté reservada únicamente a los dioses.