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español  La corbata de Dios (o corbata gran-fálica):

Fregulno, emailcorreoso9@hotmail.com, 24.07.2003, 01:39



[[[Cerca de la cegadora luz del Sol; en un rincón inexpugnable del Universo un sujeto murmura entre dientes mientras cabalga a trote sobre el asteroide Faetón. Apunta con su báculo de fuego al infinito. Su cabello cano se mece hacia atrás impelido por la polvareda cósmica con la que va rozando su rostro reflectante en su desplazamiento de vértigo. La multitud interestelar lo ve, no se sorprenden pues saben que es el profeta cíclico, lo increpan, finalmente lo suscitan a hablar.]]]:

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*  [Profeta cíclico]: ...mmm... ¡escuchad!, plebeyos,... mmm... me encontraba muy extraviado dando vueltas sin cesar cerca de este astro cegador antes de que me divisarais y nada pensaba deciros, no obstante y ya que me habéis visto, hombres sin dios y sin hombre... mmm... que mi hombre os hable de mi dios. Así sea. Sí, algo he de deciros al fin:

+ [Plebe interestelar]: así sea pues. Dinos profeta cíclico, ya que te hemos reconocido fácilmente, háblanos de nuevo de lo nuevo, eso que da vueltas.

*  [Profeta]: sabed esto: mi dios del más acá siente contrición y siente remordimiento...

+ [Plebe]: ¡oremos!, siiiiiii...

* [Profeta]: Mi dios del más acá está solo y no descansa ni al séptimo día ni al primero y no respira bien pues tiene mucha tos. Quizá porque anoche anduvo descalzo y desnudo entre la oscuridad insondable y fría y se quedó de hielo; o quizá porque lo inaudito, lo inesperado y sorpresivo le dejó sin respiración y le sobrevino un arrebato, ¿no nos causa esto aflicción a todos?; habrá quizá que retornarle alguna costilla o insuflarle aliento, ¿no será eso?... no sé, no sé...

+ [Plebe]: ¡oremos!, siiiiiii...

* [Profeta]: y mi dios del más acá se prosterna y reza al hombre que le redima pues se siente desamparado, cargado de perplejidad y culpa...

+ [Plebe]: ¡oremos!, siiiiiiii...

[Entre la plebe, uno increpa]: ¿Pero a qué juegan las manos de un dios? ¡Dinos ya, profeta charlatán!

* [Profeta]: ¡Callad!, callad, impacientes insensatos, ¡ brutos miserables!, erráticos vagabundos dispersos desde el agujero hacia este cochino hueco cínico, enloquecido y somnífero de una creación arrinconada en crisis que creísteis la mejor y única y central, ¡menuda gracia!, ¡seréis animales!,... pues ya mismo os contesto a qué juega si es que me place, que estoy harto de tener que hacer oficio de sabio inextinguible, ¡carajo!, e improvisar estupideces nuevas para cada ciclo secular, y es que en realidad yo no sé nada de nada. En fin:

Veamos... mmm...un dios juega mucho a ser inventado por sus mismos juegos, por ejemplo: juega a disiparse el rubor. Y juega a desvanecerse entre el mundo. Y juega y juega y juega a enjuagarse mucho el mucho sudor de esta frente ancha y grande que provee ideas solidificadas, y mezcla el sudor con tierra seca y lágrimas de acero y hace barro y hombres primitivos y prójimos también, y hembras con celulitis, así es.

Pero sabed, ¡oh vosotros plebeyos del cosmos!, que sobre todo juega a deshacerse el nudo de esta corbata chillona que le cuelga al asomarse hacia el abismo oscuro, ajeno y desconocido, un inmenso tejido nebuloso de galas de noche con estrellas y hombres y mundos deambulantes por doquier para completar entre el piélago. Entre las cosas todas de este rincón coordinado unas manos torpes y totales tiemblan y se desplazan entre átomos por si atinaran el acertijo restaurador. Mientras tanto las hormigas habitantes bípedas, adustas, tribales y serias cuentan mitos; habitan, cohabitan, se reproducen y se reinventan religión porque sienten que tienen miedo, mucho miedo, y porque están desmotivadas, necesitan un cielo, un infierno, o un más allá con categoría intelectual, porque el más acá nunca les es suficiente o porque les es justamente demasiado, pero nunca les es lo que les es. Aunque ya os lo dije, plebeyos, yo no sé nada.

+ [Entre la plebe cósmica, otro]: ¿y a qué juegan las manos de un hombre?, ¡dínoslo ya, te lo ruego! Tú que soportas ser el que menos desconoce, pues llevamos miles de años inquiriendo y enloqueciendo, y padecemos mucho así ataviados de piel y carne espesa tanteando inseguros el desierto espacial...

* [Profeta]: ¡No seas loco!, ¡insensato!, ¡necio!, gusano infecto ¡las manos del hombre son sagradas!, y están benditas de legitimidad en sus estigmas para lo eterno, pues aun cuando jueguen no juegan nunca, ya que les va todo en ello muy en serio. Y tantean y tantean, a veces cosas terribles, y se tambalean entre las oscuridades de una inmensa corbata inmensamente flácida y bochornosa sin saber que se trata de un gran nudo del que todo cuelga, aunque les daría igual. Y tropiezan y buscan y palpan y piensan y se palpan y rebuscan y se hacen daño o sufren intensamente y luego se ríen y lloran y sonríen también; pues no saben esas manos que haya otra gran cosa que saber u objetar. Y conocen levemente cosas... como el cariño. Así es...

Aunque algunas veces lloran entre lágrimas sinceras... o se entretejen, otras, sus dedos preciosos estremecidos ante innovaciones majestuosas como la inocencia o la belleza.

De modo que las manos de un hombre son las únicas que tocan el acabamiento y se tocan y retocan, que hacen y se deshacen y tantean y acarician y tañen las campanadas de las verdaderas tinieblas.

¡Oh realidad!, ¿acaso no eres tú?, ¡tú eres ese milagro!

Así pues, ¿queréis saber dónde está la noche?, ya que no se halla especialmente esculpida en el Submundo ni tampoco allí afuera en el inacabable anochecer del espacio...

+ [Plebe cósmica habitante]: ¡Sí, dínoslo...!, siiiiiiiii...


* [Profeta]: La noche...

sabedlo,

¡son nuestros dedos!


(Fregulno: Se me escapó... ¡ya tuve que decirlo!, ¡caramba!)


+ [Plebe]: ¡Oremos!

Siiiiiiiiii.......

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[[[Ha dado ya motivos para la nueva arquitectura; libros, escolios y escolios sobre los escolios serán pergeñados. Una jerarquía compleja hallará investidura entre el canon. En la noche estelar el profeta cíclico se aleja a trote sobre el asteroide Faetón. Su cabello cano se mece hacia atrás impelido desde un rostro vertiginoso que saja el desplazamiento. El vendaval de polvareda cósmica no cesa su diapasón canoro. Él apunta con su báculo de certezas y de ilimitado fuego al infinito. La multitud interestelar lo ve, no se sorprenden pues saben que es el profeta cíclico, lo despiden muy entusiasmados, ha nacido la aurora de un nuevo culto... ¡estamos salvados!]]]