home
archive · forum   
themes literature agenda archive anthology calendar links profile


español  Ciencia y arte: Otro Eros para el banquete de Diotima.

Eugenio Álvarez Soto: emaileugnostos@terra.es, 10.04.2002, 01:15
Original: español  CIENCIA Y ARTE (erdosain), 28.03.2002, 00:24




Yo, señor, secundando muy gustosamente su invitación, le diría que creo que el arte, a diferencia de la ciencia, posee la estructuración de la lógica intrínseca. Mientras que para la ciencia tal modo lógico es poseído por el hecho.

Sus operadores lógicos son sencillos, pues el arte es aquella ciencia precisa para una desaparición. Pero su sendero sencillo no aceptaría las vacuidades de lo simple; antes, es un ojo que ubica entre la complejidad. Aquella escibilidad en la cual el samurai de cada cosa sabrá restituir, bellamente.

Sí, y nuestra vida carece del don exacto del arte cuando el decoro de la impecabilidad de cada instante le es ajeno; ahí su muerte se le antoja agonía al hombre, impotencia y putrefacción. Y él se hace espectro para un maquillaje recreado entre una decrepitud desde esta infancia, que nunca había dejado de ser nuestra, pero que nunca ya se asienta.

La lágrima de un rostro que anonadado por la imprecisión de su pertinacia no se ama, maquilla obsesivamente el transcurso. Y envejece neurótico entre las impotencias soprepasado por las pleamares de lo eterno, sin querer hacerse enteramente suyo, bellamente, como parte integrante de los celajes de su hermosura.

Esta semana, señor, he estado escuchando a Nusrat Fateh Ali Khan. Música de la Qawwali islámica. No consigo encontrar la dosis de ciencia ni de belleza que en ella esperaba. Algo me falta.

La ecuación de la vida es un yo que se rehace enigma, incógnita y juventud. Pero usualmente nuestro yo ha preferido ser la querencia de valores estrictos y fijos para una variable: Así decimos “lo  seguro”. Ahora, ese “lo seguro”, es la condición inexcusable para la materia prima de todo “idola”. Y nos asfixiamos entre ofertas para las mercaderías de la seguridad.

Pero entre lo seguro se muere el vuelo frágil de nuestra mariposa.

La impecabilidad de cada pincelada es el carisma de toda una obra. Y nosotros aborrecemos y conjuramos las trazas de la extinción, por eso nuestra vida carece de bellezas algorítmicas para la exactitud.

Mientras, la ciencia, extrínsecamente simboliza desde su lenguaje experimental y gráfico, lo que habrá, había o habría, nunca lo que hay; luego lo retorna, como logro técnico, eficientemente hacia el resultado “exterior”, directo, inmediato, cuando ella ya no está allí; y lo retorna,  no como ciencia, sino como evento científico, que en tal momento y por su inmediatez volvió a ser el arte de una vida.

La medición, como el cálculo, es siempre paralela y diacrónica. La medición no está en el evento, sino que se superpone a él, en tiempo y espacio.

Y la ley científica, ya exista o no como construcción intrínseca, es en tal consideración una abstracción metafísica; allí no está hallada ni probada. De esa misma manera la gravedad, el fuego, o el arte, tampoco. Mas como realidad extrínseca, la ley científica, es probabilidad irrefutable. Desde esa perspectiva su empírica es irreprochable.

Por su parte, y complementariamente, el arte exalta desde lo no gráfico de la experiencia de un lenguaje, lo que allí aún no había, no habría ni habrá, pero que de tal manera ahora está presente, que es lo-presente. Es entre los espacios de lo no gráfico de su escritura lo que allí se nos entrega e integra como simultaneidad; él es lo-que-ahora-hay. Y el arte, a diferencia de una tabla de cálculo, ya no es eficiente cuando al dislocarlo como obra especulable enteramente ajena al acto vivo de su autoría, se resalta como no-evento, y toscamente como lenguaje de suyo: el museo.

En el arte la explicación es el evento. En la ciencia el evento es el motivo para una explicación.

La lógica del arte es una factura que significa porque destella lo pasajero; y que se mueve, hasta allí donde alcanza aquel fin en el que esa calidad de movilidad subsume a todo otro todo significativo, haciéndose evento modélico y ejemplar como segunda encarnación de la cosa, la cual, de ser verdaderamente arte, se reintegrará renaciente para las profusiones humildes de cualquier cotidianidad; la mía o la de usted, mismamente. Decae  en la estática de coleccionista como mero extracto técnico para la ciencia de catálogo, el acopio o la antología.

Al contrario, la lógica  científica, persigue la paralización de lo cinemático o de la estática de los equilibrios ideales de un movimiento incontrovertible, cuyo significado es culminado en el momento en el que el cálculo, paralelo al mundo real, o como experimental externo, es substraído sobre el grafismo de una representación llamada por ello analítica y formulística.

La ciencia persigue la externalización de lo real para tornar de nuevo a lo real exitosamente, mas no ya como ciencia; ahí, en lo real se pierde, desasiéndose, abnegadamente se desprende y se pierde a sí misma. El arte persigue y logra internarse entre las hebras más íntimas de lo vivo hacia lo vivo; pero a costa de esto pierde la posibilidad del pleno conocimiento de sí. Esto no le es posible sin el nítido auxilio de aquella, la ciencia; por ejemplo en la filosofía, la mística o la sicología.

Así es, cuando la mística carece de acribia degenera hacia las vacuidades simples de la doctrina. Y el mundo se resquebraja, tambalea, clama y tiembla por la deletérea falta de ciencia en un ideal religioso o político que se ha arrogado contra la vida.

La pasada semana noticiaron el primer embrión humano clónico. No terminan de agradarme los genetistas cuando llevan a cabo ese tipo de experiencias. Especialistas del mismo gremio manifiestan su desacuerdo con los criterios aplicados. En un alma humana podría estallar un episodio tal de entusiasmo o de dolor..., aún cuando mil genetistas jamás lo presentirían.

Ambas amantes, arte y ciencia, se precisan mutuamente para el rigor. Pues hay algo entre los extremismos de cada cual que su autosuficiencia y solipsismo transgrediría como excentricidad y locura. Lo mismo pienso de la necesidad mutua entre el arte y la filosofía. O la mística, y la sicología, etc.

He ahí la paradoja: la ciencia tiene por suya a la realidad, pero su jactancia es la de una simbolización ideal de lo real. Su exactitud es siempre diacrónica. Es ciencia mientras explica y prevé; puesto que cuando ejecuta ya no es ciencia, sino hecho. Mientras que el arte es una realidad sincrónica, pues la estética participa. Y lo estático de una imagen sobre el papel fotográfico perece entregada para la movilidad y la vida. En la fotografía incluso de lo pétreo, el elemento sólido tornará evocación de un secular transcurso implacable y silente; la muerte, un féretro, fijado sobre ese mismo papel nos arrastraría, restaurándolas, hacia las intangibles sugerencias de lo inmenso.

Si la ciencia estudia los procesos, el arte se inmiscuye entre ellos demostrando que las tectónicas de lo real se escurren entre los rígidos dedos de lo mesurable, lo demarcable, lo inteligible; Claro que sin esos mismos dedos nos sería imposible asir, así, como tan sagazmente sólo haremos desde lo estrictamente científico.

En realidad, a lo que se resiste el arte  es a una paralización, que a la ciencia le es precisa.

Cuando la ciencia observa, olvidándose a sí, es arte. Cuando el arte observa, recordándose, es ciencia.

¿No fue acaso el científico aquel espíritu sensible que se estremeció ante la belleza exhaustiva y mecánica de una inmensidad subatómica o celular? Yo beso el acierto de ese saber mirar.

Mas las conclusiones del arte no van dirigidas a las clausuras taxativas del aserto empírico, sino que muy paralelamente, a sus lapsos, los hiatos entre los parámetros para la mesura.

Y si en la experiencia científica nuestros ojos consolidaron la escibilidad para el discurso de lo emergente, a lo cual hemos llamado “cosa”, entre dos crestas de eso mismo se tantean las inmensas elocuencias de lo imposible, cuyo cuerpo empírico, al carecer de perfiles resueltos, sólo ofrecerán tangibilidad entre la perspectiva de lo efímero, eventualidad esta a la que hemos reconocido como estética.

Antes que la geometría griega, la abstracción rupestre abrió el parámetro temporal entre la precariedad impositiva de un espacio salvaje hasta entonces estricto, clausurado,  y en ello enteramente primitivo. El Egeo nos sorprendía con sus juegos de color alegre y de una representación animal simplemente porque sí; ¡ah, los bellos delfines! Y ya Chuang-tzu acusaba el capricho arbitrario de dos notas de una melodía. Schiller y los románticos destacaban esta percepción para las bellezas humanas, el “alma bella”. En el Islam lo consagraban para un mundo en Dios; el budista zen para las voces del vacío y de la desolación; y la China Tang para esa impecabilidad evocadora y misteriosa entre lo paisajístico.

También he observado atentamente esta semana, con el oído, “Los caramillos de Pan” de los Maestros músicos de Jajouka (presentada por Brian Jones). Me pareció un engaño, creo que se abusa del esnobismo pluricultural. Supongo que también esto de la pluricultura es vendible, como la dietética o la ecología. Tomo nota. O quizás es que me falta otro algo.

Creo por todo ello que su presencia, la de la empírica del arte, es conmensurable con todo lo físicamente universal. Por ser lo físicamente universal vivido concientemente desde sí, a través de un elemento suyo: el hombre. Y por eso es físico el elemento plástico de la factura, al igual que lo es el dramático para la actuación.

Pues aunque indefinida su substancia en términos de cosificación observada, no por ello significará “impreciso”; pues es cosificación  vivida.

Y es que los parámetros nuestros para lo perceptivo nos encuadran hacia los rígidos filos de lo palpable, siendo por eso que se nos engañaría desde la prestancia y el regusto tranquilizador del rigor métrico y apodíctico.

Pero no olvidemos que tal como ocurre con el chelo o el violín, la ausencia de trasteado posibilita mayor riqueza y ductilidad digital. Por contrapartida es más fácil un glissando o irse en un cuarto de semitono. Con el piano o el laúd eso no ocurre así, o en el timbal. A mayor delimitación en la mesura, menor apertura creativa. Dificulta la precisión, pero la exactitud, el rigor de lo preciso nunca despereza en el arte idéntica cuantía o idéntica cualificación de matiz.

En arte lo preciso acierta muy distintamente. Lo preciso como detentación científica, puede serle al arte lo impreciso como restricción. Se ve por ejemplo en la ejecución en un secuenciador digital, su exactitud elabora un “ruido armonizado” no obstante preciso, matemático e irrecusable frente a la matemática de una partitura.

Y es un hecho simple para cualquiera que dibuje, posando los ritmos de su lápiz sobre la sugerencia invisible de esa línea tan evidente para el brazo navegador que así perfila; y es un hecho simple para una flauta de pico, una gayumba o un ukelele, o para una sonrisa.

No obstante, señor, yo admiro y me satisfago de ambos denuedos, el del arte y el de la ciencia. Aunque siempre hay algo sobre las cumbres cualesquiera que sean que se eleva inalcanzable por encima de ellas mismas. Nos deja el resabio de la sensación indefinible; nos recuerda que, si no lo crucial, sí algo muy crucial y ajeno a las dicotomías siempre se nos escapa.

Por eso yo digo que la ciencia del arte, el esto del aquello, o el aquello de esto, es sólo encuentro y paz de una mística, muy científica.

Esta tarde escuchaba el Stabat Mater de Pergolesi, y le confieso muy sinceramente que me estremecí ante la voz límpida de aquel dúo entre los primeros compases. Fíjese usted qué tontería, como si no estuviera yo sobradamente acostumbrado a escuchar barroco. A veces, sólo algunas veces, el poderío total del arte me puede. Y mi alma se arruga absolutamente hacia el recuerdo de que aún aquí existo, y aún sin saber apenas nada. Y dentro de mí se arruga la Tierra.

Ha sido aprobado recientemente un completo proyecto europeo conjunto para el desarrollo GPS; los fines bélicos están condicionalmente excluidos.

Esta semana pude nuevamente hallarme muy a gusto entre algún arte científico.

Un grato saludo.