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Estética transcendental
Finweg, 05.11.2005, 17:16
Diré en un primer momento que la estética es la disciplina que se ocupa de lo bello y de la belleza. Al maestro Ortega y Gasset le parecería una imbecilidad buscar ambos conceptos como si algo pudiera contenerla eternamente, idealmente. Pero a mí me interesa lo bello, concibo la estética como el espacio dedicado a analizar lo bello, y no lo feo. No me detengo en considerar qué es feo o qué es mediocre porque lo que considero de entrada es lo bello. Lo feo no es analizado, ni me importa cómo se estructure o qué finalidad tenga. Aunque a modo de esbozo introduzca aquí una ligerísima noción. En realidad destierro a lo feo de la estética, porque sería absurdo empezar a definir lo bello por lo feo.
Lo bello es aquello que hace que mi ser traspase la frontera estúpidamente marcada entre lo sensorial y lo anímico/espiritual, y lo hace con una carga hedonista, siendo su principal fuente de recursos la vista y el tacto.
Mediante la estética, conseguimos eliminar francas barreras morales, aunque ahora todo esté cuidadosamente politizado, para no herir al que es imposible de describir por su fealdad. Es cierto que tenemos más reparos en decir que X es feo que Y es guapo. Y esto ocurre porque lo natural es precisamente el darse así, “el entrar por los ojos”, “el choque magnético” entre sujeto y objeto. Para decir que X es feo debemos haber tenido una experiencia estética que sea sublime, dentro de nuestra subjetividad y que la hagamos objetiva al ex – ponerla frente a nosotros, a modo de comparativa.
¿Por qué tenemos prudencia entonces en decirle feo al feo? Principalmente porque la moralidad y la cortesía entra dentro de la fealdad, es decir, de lo anti-sublime. Hablo aquí de la falsa moral, de la moral de mercado y colectivista amén de la cortesía superficial, que no es más que una falsa piedad y una hipocresía ilustrada.
Con todo ello, cuando las experiencias estéticas son superadas –es decir, se extiende la dimensión estética total- la exigencia de consideración y de dotación estética se hacen mucho más rígidas. Esto es así porque el hombre intuye el Designador Estético, el camino hacia la Belleza. Por eso es capaz de extrapolarlo a zonas del cuerpo o a objetos determinados, dotándolos además de sentido y significado, que de nuevo estarán siempre fuera de toda moral, entrando incluso, en el más profundo fetichismo.
A mí, por ejemplo, me encanta la esvástica, el águila imperial de la Italia fascista, el formato de algunos libros, escuchar hablar francés a una francesa, todos los objetos cortantes, los bolígrafos, mi letra, las agendas, los ojos azules, las caderas, los pies, la boca y el pelo, “Los maestros cantores de Nürnberg” de Wagner... Por eso me adoro a mí mismo, porque todo eso lo tengo, todo belleza, y a través de mí paso para adquirir el fetiche que me falta (Estética interpersonal).
En todo caso, el Designador Estético es siempre solidario, pues está también al alcance de los feos, y tal vez sean estos los que, excluidos, entiendan mejor que nadie (aunque no puedan comprobarlo) el placer que supone la contemplación y disfrute de la Estética.
Gracias al dolor que impregna la Belleza en nosotros, podemos corregir y enmendar “poses” y conductas, con el fin de paliar, en un primer momento, el dolor de la distancia, de la lejanía y del inmenso camino de perfectibilidad, neutralizando poco a poco esto y siendo conscientes del trabajo y esfuerzo que supone la magnanimidad de ser bello. Así, cuando lo bello –que no la Belleza- gobierne el mundo, la moral dejará de tener sentido y, por tanto, quedará abandonada y más tarde absorbida, por aquellos que no tienen capacidad ni valentía para abolir los residuos de complejos que aún pervivirían en sus cabezas.