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españolNO TODOS ENVEJECEMOS

José L. Pérez Óvilo, emailjofredeloaysa@hotmail.com, 06.09.2005, 20:31

NO TODOS ENVEJECEMOS
Dr. José L. Pérez Óvilo

El hombre ha buscado con esperanza, a lo largo de la historia, el elixir de la eterna juventud, tarea a la que se entregaron con entusiasmo los alquimistas durante la Edad Media pretendiendo transformar los metales en oro por pensar que éste tenía propiedades rejuvenecedoras. A pesar de todo ello no fue posible, quizá afortunadamente, de ahí que la sociedad no haya tenido más remedio que acudir al sucedáneo de la chapa y pintura o al raspado facial, que en función del monto que se invierta te puedes quedar con una cara rejuvenecida pero irreconocible como tuya, es decir de otro, o, si el coste es bajo, quedarte con la tuya propia pero del jueves pasado (como decía Gila).
Todos envejecemos, unos con mayor celeridad que otros, pero inexorablemente todos estamos inmersos en ese proceso. Algunas revistas del colorín nos enseñan 4 ó 5 fotos de los últimos años de los famosos para regocijo del lector que constata que no es sólo él o ella la que envejece, satisfacción de enorme calado ya que sigue funcionando “el mal de muchos consuelo de tontos”, pero consuelo al fin y al cabo.
He dicho que todos envejecemos pero no es cierto, todos menos algunos debería haber dicho, porque los escritores y más concretamente los columnistas y articulistas de la prensa diaria no envejecen o así lo sugieren las fotografías que acompañan a sus textos. En ocasiones, cuando por la calle he visto a alguna persona que me recordaba o tenía algún parecido con algún columnista, he tenido la tentación de acercarme a él y preguntarle si tenía algún hijo, sobrino o incluso nieto que escribiese en el periódico. Pero siempre he desistido, por cortesía y porque si resultaba que me decía que era él el autor hubiera sido una indiscreción de difícil acomodo.
No obstante, en mi opinión, no deberían actualizar sus fotografías, no sólo porque la imagen es fundamental en esta sociedad, según dicen los expertos en la vacuidad, sino también porque al ofrecer una estampa más juvenil se pierde en experiencia pero se gana en actualidad, aunque bien es cierto que para el lector siempre significará una espinita clavada el comprobar que el articulista al que lee desde hace 20 años se encuentra como una rosa mientras él se cuartea sin remisión alguna.