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Hay que tener mucho cuidado con los impulsos evolucionistas y maniqueos
que asoman por doquier cuando se valora lo que de positivo hay (que lo hay) en la "aldea global". Empezando por la consideración de que una cultura globalizada es mejor que una cultura localista. Dicha idea es una tentación fuerte, muy típica de todo el pensamiento occidental desde la época de las Conquistas hasta ahora, pasando por la Ilustración y la Declaración de Independencia de EEUU. Pero no es cierta. Al menos, no sin grandes matices. La palabra clave es "inevitabilidad". En efecto: ¿por qué pensar que una liberación global es positiva, si es una respuesta a una opresión IGUALMENTE GLOBAL? La "aldea global" de nuestros días es un proceso inevitable, que hay que asumir, pues es consecuencia de un pasado... pero la sociedad que produzca, como la de ayer y como la de mañana, no será mejor ni peor por el simple hecho de abarcar un espacio más amplio. En sí, la civilización occidental no tiene derecho a considerarse más preparada éticamente que una tribu del Amazonas cuyos miembros conviven armónicamente en un entorno tecnológico y social distinto al nuestro. En cambio, cuando valoramos por separado a cada uno de los individuos de cualquiera de esos pueblos... el tema cambia. Pensemos que si por parte nuestra, de Occidente, no hubiera habido colonización, desequilibrio económico ni desmesura tecnológica que atentara contra el equilibrio del planeta, no sería ahora necesario un esfuerzo también global para reparar todo ello. Se requiere una justicia global para una injusticia global. Es preciso no olvidar esto para no presentar la regresión como si fuera una solución (neoliberalismo). Recordemos que todo en esta vida son ciclos, paradojas, un eterno retorno: ahora se pretende arreglar con gran entusiasmo global y con la mejor intención del mundo los efectos de una colonización que fue impulsada precisamente por ese mismo entusiasmo global y con la buena (pero equivocada) intención de convertir a todo el mundo a la justa y civilizada sociedad occidental. La opresión, igual que la libertad o la justicia, son conceptos universales y susceptibles de aparecer en cualquier sociedad. Su valor (o falta de él) no depende de su localización ni de su alcance físico. Injusticias, justicia y luchas las ha habido siempre, pero a nivel local, porque así se estructuraba el mundo del hombre antiguo. Hoy dicha estructura, por los avatares de la historia, se ha ampliado e interconectado. Esto puede dar lugar a grandes cosas positivas... igual que a grandes cosas negativas. Como siempre, no dependerá del hecho en sí, sino de nuestra manera de abordarlo. El comunismo y el capitalismo neoliberal ya nos han demostrado sobradamente el peligro de sacralizar la tecnología y la globalización para extraer la esencia positiva que encierran (pues absolutamente todo, en sí mismo, contiene una raíz positiva y una raíz negativa). |