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Yo creo que toda transformación de la sociedad se ha de producir por
una transformación sincera y profunda de los individuos. Ninguna evolución física reemplaza a la felicidad interior porque la evolución, simplemente, es un mito. Las cosas no evolucionan, cambian, como ocurre en la Naturaleza. Es el modo de abordar los cambios por parte de los seres humanos lo que los transforma en positivos o negativos. De ahí que ningún tipo de evolución, sistema o leyes pueda reemplazar nunca al crecimiento interior, al diálogo, a la honestidad, al coraje y a la compasión. Puede existir cierto tipo de evolución, es decir, entendida ésta como un cambio necesario. Si un cambio es natural no hay que resistirse a él. Las especies evolucionan, pero lo hacen para mutar a especies nuevas que tendrán ventajas y defectos como las anteriores, aunque diferentes. Ése es el punto de vista esencial: las cosas cambian (y es bueno que así sea), pero el principio eterno, que está por encima de cada una de ellas, permanece. Así, la evolución tecnológica del ser humano puede tener un fin, pero éste no es otro más que el de completar un ciclo. La evolución no avanza hacia ningún objetivo absoluto porque no lo tiene. El Todo se encuentra más allá del progreso y los cambios. Por eso no creo en la muerte de los valores tradicionales, pero sí en su renovación. Porque su esencia no se pierde, nunca. Nosotros, si nos desligamos de esos sentimientos en favor de una mera funcionalidad racional, sí que nos perdemos. Dios (o el Infinito, el Orden Cósmico) no depende de nosotros, simples criaturas suyas. Nosotros sí dependemos de Él. El bienestar siempre se tiene, basta con mirar dentro de uno. El reto es unir a esa paz interior una conciencia de realidad clara, de manera que pueda servir para interactuar con el mundo, disfrutarlo y analizarlo más profundamente, y ayudar a los demás mejorando lo que se pueda, que al fin y al cabo es la razón última por la que estamos aquí. "Nadie es una isla". Martin Luther King. |